Se trata de una construcción de once plantas, que ocupa un bisel junto a la calle García de Molina. Además de sus grandes dimensiones, destaca por su torreón de tres plantas, que se remata en la azotea con una gran cúpula negra coronada por la figura que le da nombre: un gran Ave Fénix. De hecho, no es la única; hay cuatro figuras similares en el skyline madrileño, ya que se trata de un emblema de la empresa de seguros que encargó su construcción original: La Unión y el Fénix.
El arquitecto José María Díaz Plaja fue el artífice de esta obra maestra, uno de los primeros rascacielos de Madrid, entre 1944 y 1947, que usó su talento para crear esta obra de estilo tradicional, aunque avanzado a su época. De hecho, Díaz Plaja optó por algo muy novedoso: habilitar un pasaje de uso público en la planta baja, para unir la Gran Vía con la calle Ricardo León; así no sólo se evitaba tener que rodear el edificio, sino que permitía a los transeúntes admirar su gran belleza.
Actualmente, el edificio pertenece a un fondo de inversión de Estados Unidos que, como apuntábamos, decidió rehabilitarlo para destinarlo a construir residencias de alto standing, como la que nos ocupa. Para ello, contó con el prestigioso estudio de arquitectura Fenwick Iribarren, que supo mantener la esencia de la construcción, y, al mismo tiempo, darle un aire fresco y renovado.
De hecho, mientras que el edificio mantiene su carácter histórico y tradicional, en su interior encontramos viviendas de lujo, con acabados de primera calidad, en las que se ha optado por la seguridad, el confort y la eficiencia energética.