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Se estima que unos 300 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a teletrabajar a raíz de la pandemia generada por el COVID-19.

En España más de tres millones ya lo hacen actualmente de manera habitual, según se desprende de un análisis comparativo de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Esto supone un incremento de más del 200% respecto al año anterior.

Hasta antes de la pandemia España destacaba por ser uno de los países en los que se practicaba lo que algunos expertos han denominado “el culto a la presencia en el trabajo”, ya que tanto directivos como empleados no solían tener una buena imagen sobre el teletrabajo o, por lo menos, no se mostraban demasiado predispuestos a implantarlo.

Los primeros tendían -muchos tienden todavía- a pensar que la presencia física en el puesto permite controlar más las tareas desarrolladas por sus empleados; estos, por su parte, pensaban, y quizás lo siguen haciendo, que hay que separar la vida profesional de la privada y que es importante el contacto directo con los directivos o mandos superiores para promocionarse y demostrar en persona la calidad de su labor. En definitiva, el teletrabajo en nuestro país no contaba con demasiados adeptos. 

De hecho, en España todavía está costando integrar el concepto de trabajo por objetivos y se le sigue dando mayor importancia al número de horas que se pasa en el puesto que a la productividad en sí. Sin embargo, la pandemia está cambiando esta perspectiva. Si bien es cierto que muchos trabajadores no han tenido más remedio que aceptarlo, la mayoría han quedado gratamente sorprendidos con este nuevo paradigma laboral.

Aunque algunos lo desconocían, el teletrabajo ya estaba regulado en España desde el año 2002, mediante el Acuerdo Marco Europeo sobre Teletrabajo. Sin embargo, no ha sido hasta el 13 de octubre de 2020, con la entrada en vigor la nueva ley del teletrabajo en nuestro país, que ha quedado regulado a la perfección. Esta se ha llevado a cabo con la intención de adaptarse de la mejor manera posible a las nuevas necesidades laborales impuestas por la pandemia.

teletrabajo

Uno de los principales retos a los que se enfrenta esta nueva normativa es, además de regular los horarios de los trabajadores y velar por los derechos de estos, lograr un equilibrio entre lo profesional y lo personal, es decir, establecer unos límites para que, en la medida de lo posible, la jornada laboral y la vida personal no se vean alteradas ni condicionadas.

Toda transición comporta una serie de dificultades, y más en un país en el que, como apuntábamos, el trabajo presencial ha sido la dinámica que ha imperado siempre. Los expertos recomiendan una serie de pautas para que esta transición sea lo más llevadera y efectiva posible y para que, sobre todo, permita mantener óptimo equilibrio entre el ámbito personal y el profesional.

Independientemente de las reglas que implante cada empresa, es imprescindible que los empleados, por su lado, procuren establecer y seguir ciertas pautas para conseguir este equilibrio.

Rutinas y un rincón para trabajar

En primer lugar es imprescindible instaurar una rutina y procurar ceñirse a ella. Hay que marcar unos horarios de inicio y final de jornada, mantenerlos e intentar seguir las mismas pautas que cuando se va a la oficina o al lugar de trabajo: levantarse a la misma hora, ducharse y arreglarse, por ejemplo, ayudará a que la jornada laboral establecida sea más “real”. Crear un listado con las diferentes tareas a realizar diaria o semanalmente también ayudará a que se cumplan los objetivos profesionales.

También es importante crear un rincón de trabajo: la nueva oficina. Hay que intentar evitar diferenciarlo del resto de la casa, ya que tiene que ser el lugar en el cual trabajaremos durante muchas horas y en el que, por lo tanto, tenemos que sentirnos cómodos y, a la vez, concentrados. Por encima de todo, hay que evitar trabajar desde el sofá, la cama, o la mesa del comedor o la cocina, porque son sitios en los que nos solemos relajar y esto va a repercutir negativamente en nuestra labor. También es recomendable establecer otra “sede”, para romper con la monotonía. Siempre que las restricciones lo permitan, se puede optar por trabajar esporádicamente en espacios culturales o bibliotecas habilitadas, cafeterías o restaurantes poco concurridos, lobbys de hoteles o, incluso, al aire libre.

El contacto con los compañeros es muy importante

Otro de los aspectos básicos que hay que procurar mantener es la relación con los compañeros de la empresa. Estar separados físicamente es quizás el mejor momento para estrechar lazos y fomentar el trabajo en equipo; sentir que formamos parte de él. Afortunadamente, actualmente existen muchas herramientas que permiten esta interconexión. También es recomendable, en la medida de lo posible y manteniendo todos los protocolos de seguridad, reunirse una o dos veces al mes de forma presencial con el equipo, para intercambiar opiniones personalmente y también para romper con la rutina diaria.

Dentro de esta rutina y los horarios pautados también tienen que constar las pausas que hay hacer cada cierto tiempo para despejar la mente y retomar las tareas con más energía. Durante estas pausas podemos conectarnos a nuestras redes sociales, pero cuando volvamos a centrarnos de nuevo en el trabajo es imprescindible dejarlas a un lado para evitar distracciones.

En la medida de lo posible también es importante dedicar unas horas a la semana a uno mismo, independientemente del trabajo y la familia, a hacer cosas que nos enriquezcan a nivel personal. Esto también ayudará, sin duda, a focalizarnos después en el resto de nuestras tareas.

Y, sin duda, hay que recalcar de nuevo la importancia de separar la vida personal de la laboral, y recordar que la primera debe estar siempre por delante del resto, por el bien de todos.