Piso en Calle de la Iglesia, 4, Marugán
La casa de Antonina se alzaba al borde del camino. Casa con paredes encaladas, techo de vigas de madera y una puerta ancha de tablones que había visto entrar generaciones enteras de vecinos. Sobre el dintel aún colgaba el letrero oxidado: “Carnicería y Ultramarinos La Antonina”. Antonina había heredado el negocio de su madre, y cada mañana, antes de que el sol asomara por el monte, ya estaba en la cocina afilando el cuchillo sobre la piedra. La cocina era el corazón de la casa: azulejos color crema, un fogonero de hierro, y el olor constante a chorizo curándose entre las vigas. En la esquina, una radio vieja murmuraba noticias mientras el vapor de la achicoria en un viejo puchero empañaba los cristales. El mostrador de mármol blanco aún conservaba las marcas de los cortes precisos, y sobre los estantes descansaban las latas de conservas, los sacos de legumbres, y las botellas de anís y vino que vendía a los clientes. La gente del pueblo decía que Antonina no solo cortaba carne: curaba el alma con sus palabras. Siempre tenía un consejo, una sonrisa o un trozo de queso para quien lo necesitara. Frente a la tienda, al otro lado del arroyo, vivía Argimiro, el pastor. Tenía las manos curtidas por el frío y los ojos del color del cielo de enero. Pasaba los días con sus ovejas en las lomas. Cuando el rebaño descansaba bajo las encinas, él leía las noticias en el periódico de días anteriores que le cedía don Leandro, el cura del pueblo. A veces se quedaba mirando las montañas, buscando respuestas entre las nubes. Cada tarde, al regresar, Argimiro ataba a su mula quot;Caramelaquot; junto a la fuente y entraba en la tienda de Antonina. Ella lo saludaba con esa mezcla de dulzura y firmeza de una mujer de campo: —¿Qué te pongo hoy, Argimiro? —preguntaba, limpiándose las manos en el delantal de rayas. —Lo de siempre, Antonina —respondía él, dejando caer unas monedas sobre el mármol. Ven a verla y te cuento la historia completa.
- 7 habs·
- 2 baños·
- 250 m²
