22 Marzo 2017

Los profesionales inmobiliarios ofrecen una seguridad y unas garantías que incrementan las posibilidades de que las dos partes queden satisfechas.

Uno se lanza a alquilar una vivienda cargado de ilusión y planes para una nueva vida en un nuevo hogar. Unos vinilos por aquí, unas estanterías por allá y será la casa de sus sueños con fecha de caducidad. Una reconocida ventaja que tiene el arrendamiento es su flexibilidad: cuando las circunstancias personales cambian (se gana más dinero, aparece la persona adecuada o crece la familia), habrá otra casa de sus sueños esperando.

La alegría de ese alquiler, sin embargo, en ocasiones se frustra aún antes de estrenar la nueva dirección postal. Cuando las dos partes que se ponen en contacto son particulares hay más probabilidades de que surjan los problemas y la operación quede inconclusa, con el chasco y la desilusión que eso genera. En nuestra experiencia en fotocasa Academy estamos en contacto permanente con agencias que nos explican cómo trabajan diariamente para evitar esos conflictos tan frecuentes cuando se carece del asesoramiento del profesional inmobiliario.

Ni siquiera tiene por qué mediar mala fe por ninguna de las partes: basta una pequeña discrepancia o un error formal para que todo se malogre. Los profesionales inmobiliarios ofrecen una seguridad y unas garantías que incrementan las posibilidades de que las dos partes queden satisfechas. El asesoramiento integral es un servicio que gira en torno al cliente. Y eso se nota.

Sus labores abarcan muchos campos a lo largo de un proceso en el que él es el guía. Mucho antes de que el inquilino empiece a abrir las cajas con todas sus posesiones, hubo un día en que cruzó la puerta de la agencia, explicó qué buscaba, en qué zona, en qué horquilla de precios, si su empresa le trasladaba de ciudad durante un año o si regresaba al barrio de su infancia para estar más cerca de sus padres ya mayores. Y es un agente el que recibió esa información para empezar a sondear si existía algo ajustado a sus necesidades.

Para que todo salga bien, es necesario que los intereses de arrendador y arrendatario encajen. Por eso es el agente, que durante la búsqueda del inmueble, trata de que se ajusten las características, el precio y las circunstancias personales, como por ejemplo el caso de un propietario que alquila un piso amueblado y un inquilino que quiere llevarse consigo sus propios muebles.

Después se organizan visitas, se acuerdan precios y, si todo va bien, el resultado es un apretón de manos entre arrendador y arrendatario. Luego viene la fase de papeleos, momento en el que hay que poner en claro todos los aspectos de la operación. El contrato es el trámite principal y la garantía que ofrece un profesional es que en su redacción no hay ningún fraude de ley que invalide el acuerdo. Por supuesto, el contrato tiene que contemplar lo que las dos partes han acordado sin dejar lugar a equívocos: es lo mejor para todos.

Pero no es el único trámite que hay que cumplimentar: normalmente el propietario requiere información de los ingresos y la renta del arrendatario, a través de documentos como extractos bancarios o nóminas. Además está el impuesto de transmisiones patrimoniales del alquiler, un pago que tiene que hacer el inquilino a su comunidad autónoma y que se calcula en función del precio del alquiler en el tiempo total del contrato. ¿Confuso? Tal vez, pero seguro que el agente inmobiliario sabe calcularlo, dónde y cómo se gestiona.

Con toda la parte legal resuelta, llega el momento de firmar. Y de repente una de las partes quiere cambiar algo: un compromiso adicional; un descuento, o un aumento del precio; alguien cambia de idea; le surgen dudas; un conocido le ha aconsejado que incluya nuevas cláusulas en el contrato, etc.

Los dramas de último minuto suelen ser problemas menores fácilmente resolubles, pero generan descon anza entre las partes y sin la mediación calmada y paciente de un agente conocedor de este tipo de situaciones, pueden provocar un fracaso en la negociación.

Los dramas de último minuto suelen ser problemas menores fácilmente resolubles, pero generan desconfianza entre las partes y sin la mediación calmada y paciente de un agente conocedor de este tipo de situaciones, pueden provocar un fracaso en la negociación. Los profesionales inmobiliarios también llevan un pacificador dentro de sí.

Entonces es cuando, finalmente, todos los cabos quedan atados y el inquilino se instala en su nuevo hogar. Pero aún entonces puede que las agencias resulten útiles: muchas veces ofrecen servicios complementarios, prestados por sí mismas o mediante acuerdos con terceros, como mudanzas, reformas o seguros. Incluso puede continuar actuando como interlocutor en caso de que el propietario les confíe la gestión del inmueble: si, por ejemplo, se avería el calentador a quien habrá que llamar en este caso es al agente.

Así que, un profesional inmobiliario es casi una garantía de llegar a disfrutar, tarde o temprano, del nuevo hogar que cuando se cruzó la puerta de la agencia era sólo un proyecto.

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